DANIEL LIND: DE PIE. EXPOSICIÓN EN EL MUSEO LAS AMÉRICAS. SEGUNDO PISO, BALLAJÁ. VIEJO SAN JUAN, SAN JUAN, PUERTO RICO.

Construción Daniel Lind

DANIEL LIND: DE PIE. Exposición en el Museo Las Américas. Segundo piso, Ballajá. Viejo San Juan, San Juan, Puerto Rico.

 

1.La crítica de arte Marta Traba clamaba que los artistas latinoamericanos debían producir un ‘arte de trinchera’, encomendándoles a que, teniendo en cuenta el bagaje de influencias del arte europeo y norteamericano, buscaran en sí mismos sus orígenes culturales, su esencia y desde ahí, crear su obra. De tal modo confrontarían y resistirían la avalancha cultural que provenía a través de los medios políticos y propagandistas cuan si remanentes presentes o pasados de un coloniaje malévolo y dominante. 2.Otra crítica multifacética, Susan Suntang, argüía que la obra de arte no se debía limitar a una mera interpretación de signos, sino más bien tomarla como lo que era, desde sus propiedades estéticas y culturales. 3.Más tarde, el filósofo Jean Baudrillard denunciaría el arte postmoderno como mero simulacro, resultado y proyección de falsedades con el único fin de tomarle el pelo al público y recontar sus éxitos en la plusvalía del mercado. Por tanto, el arte occidental ya estaba muerto porque el comercio y la publicidad  capitalista habían despachado la función del arte, robándole así su estado social tanto como su espiritualidad o mito. Comparando este sentir con la sexualidad, atestiguaba que el eros había sido suplantado por la pornografía, de tal manera que el acto sexual se había convertido en mera calistenia, deshumanizado y torcido. Quería implicar el filósofo que la exquisitez en la cultura occidental (de carácter europeo y norteamericano) se había ido por la alcantarilla. La esperanza del arte, si hubiera alguna, quedaba en manos de los países “emergentes”, del llamado Tercer Mundo.
Tomamos estas tres partidas para describir cómo el artista puertorriqueño, Daniel Lind, nos ofrece una obra rica en matices, fuerte y digna como sinigual. Desde su lar originario de Loíza Aldea el artista se transporta hacia lo nacional unificando así la diversidad étnica y cultural que compone la rica variedad de nuestra nacionalidad puertorriqueña. El artista ha trasvasado las planicies oscurantistas de nuestra zigzagueante historia para llevarnos a los linderos de su preciada cosmología mediante iconos que nos hablan de su herencia, tanto como de su presente. En esta obra vemos ‘ensamblajes’, como los dicta el artista que, en sí son esculturas compuestas de material reciclado de su natural derredor de Piñones y Loíza Aldea, desde Punta de Cangrejos hasta Vacía Talega. Este material de tela de palma, ramas, troncos, estacas para mondar cocos son presentados en conjunción con elementos tallados en madera de pulcra factura que a su vez son incorporados con material industrial: cacerolas de diferentes tipos y tamaños, cajas de vidrio y metal con bombillas eléctricas empotrados sobre ‘altares’ que el artista denomina con títulos como ‘Relicario’, ‘Sagrario de la masa’ y ‘Guardacosta(s)’, como tantos otros motes. Este sincretismo crea una obra de naturaleza visionaria, de rasgos arqueológicos, pero a la misma vez de estampas del presente. El artista funde su mitología afro-puertorriqueña al margen de un arte occidental en donde una vez se hizo arte con consciencia, con propósito, para transportarnos a un paraje entendible y lógico, una obra didáctica e inteligente, de virtuoso conocimiento tanto como sólida y bella.
dibujo Por Daniel Lind

Cuando yo y los muchachos de la ambulancia llegamos a la galería, allí estaba Lind presente para dirigir a los visitantes. Una vez recorrimos el salón, el artista nos invitó a otro anexo, donde se encontraba un cuadro y otro de los ensamblajes de título ‘Piñones’, que como los demás del salón principal, velaba el entorno cuan si soldado austero y celoso. Éstos permanecían allí guardados porque no hubo espacio suficiente para colocarlos en la exposición. Lind nos brindó un breve y sustancioso relato sobre el trasfondo de su obra. Explicando sus lienzos dibujados y sus ensamblajes pudimos (al menos, yo) interiorizarnos más en su obra, porque una cosa es la embriaguez por lo lírico y otra es sentir la belleza en el tuétano del pecho, que en suma, hacen de la experiencia una más abarcadora, avasallante y profunda. ¡Allí estaban esos inmensos lienzos blancos donde sus figuras, de gráciles líneas en carbón ondulaban, de un dibujo honesto, de cuerpos magníficos, en guerra, enmascarados, con machetes alzados, con cañones del Morro apuntalando, con ondas, en algarabía sonora, enfrentando las máquinas sanguinarias, frías y rectilíneas del hombre blanco chispoteando odio y destrucción, del extranjero invasor, depredadores de lo propio y alcahuetes de los intereses ajenos, empecinados asesinos del mundo! Allí estaban todos, mientras más me aferraba yo a mi maldita silla de ruedas, el fuego del sagrario invadiendo mis entrañas, la Gran Vejigante en el centro de la composición y en otras, acechada por el enemigo, dividiendo el Espacio a derecha y a izquierda en una composición totalmente céntrica. Los orichas: Changó, Obatalá, Yemayá, Orúnla, Eleguá, Oyá, Oshún, Obá, Babalú, Ochosi, Osaín, Orisha-Oko defendiendo lo pertinente. Los Jimaguas y un ejército de egungunes listos al sacrificio por la Tierra, achicharrando al ejército enemigo y a sus lacayos, y desde las cuatro esquinas del Universo escupían fuego sacro por sus bocas, y la venganza de los animales y las plantas, y la voz temblorosa del invisible Olorun radiaba hasta el techo de vigas expandiendo las paredes. ¡Todos estaban presentes y prestos a la decisión final, y mi corazón retumbaba como cuero de chivo estirado en una conga! Sí, allí estaba todo y mi cabeza seguía dando vueltas mientras el artista explicaba: La invasión inglesa del 1797, la invasión yanqui del 1898, la pusilanimidad de aquellos ‘macanudos’ panzones de bigotes de manubrio y leontina, la matanza en la UPR en el 1935, el ajusticiamiento del Coronel Riggs en el 1936, la Masacre de Ponce de 1937, la Revolución del 1950, la mentira disfrazada del 1952, y siga por ahí, el asesinato impune de doña Adolfina Villanueva por la Administración de Hernández Colón en el 1980, y tantas otras desgracias que aquí no hay espacio para describir. El campo de batalla está marcado, es una ‘Costa Serena’ a lo largo de todo el territorio nacional. Sí, allí estaba todo descrito, como una confrontación que no parece acabar nunca, mientras el espíritu del ashé se recreaba con todos los poderes del Universo, inundando toda aquella guerra santa, conectando a todos los seres, las pantas y las cosas con su energía para evitar el desmadre final, la locura rampante, el suicidio colectivo de esta bendita patria nuestra, Puerto Rico.

… Soy un hombre primitivo a quien, si se le esculca el alma, comienza a llorar. Una buena exposición de arte es aquella de la cual uno no sale igual de como entró.

 

Thurdmon Capote ©2013

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