JULIO SUÁREZ “PINTURAS RECIENTES”. MUSEO DE ARTE MODERNO SANTO DOMINGO 2009

Julio Suárez 2009

En el Museo de arte Moderno, Santo Domingo Julio Suárez “Pinturas Reciente”.

Dionis Figueroa December 21 at 9:03pm

Julio Suárez y “el sonido de una mano que aplaude”

“El flujo de energía que produce una porción de espacio con determinado color es experiencia de vida. Siempre he querido hacer algo para un lugar específico; que el trabajo realizado se convierta en el lugar. Lo imagino con un solo color, con una sola forma; que exista cuando hay alguien presente para luego desaparecer”.

Julio Suárez. 2009.

(Texto de muro de la muestra “Pinturas Recientes”. Museo de Arte Moderno. Dic.- Feb 2010. Santo Domingo. RD)

Por: Dionis Figueroa

Fotos: José Fondeur

Julio Suárez (Puerto Rico) es uno de los maestros de las artes visuales latinoamericanas que goza de mayor prestigio en la región del caribe de donde es oriundo, no solo por el consenso generacional al que pertenece (Guaynabo, 1947), sino por las características que han definido su trabajo plástico, en diversos momentos de fluencias creativas.

Sus inicios se definieron en México, en la Academia de San Carlos de la UNAM. En los talleres que el maestro Manuel Felguérez dirigía a finales de los 70, en ese centro docente. Desde entonces para Julio Suárez, la abstracción geométrica también conocida como la escuela formalista, es uno de los canales principales por los que el artista se encuentra con su propia interioridad y desde donde fluyen las ideas que sustentan sus propuestas pictóricas, cuales disfrutamos plenamente en esta muestra de “Pinturas Recientes, Serie SD” que el artista recién inauguró para el público dominicano. Logrando dignificar y honrar las paredes de nuestro Museo de Arte Moderno con la sobria presencia de su legado y de ese transito de la luz cual en su obra señala y testimonia, como definición del color luz, y de su efecto al ser percibido por el ojo humano, como fenómeno del asombro.

En la recién pasada década, la obra de Julio Suárez se adentraba en regiones oníricas abstraccionistas, de las que forjaba un discurso informal distinto al que hoy presenciamos. Mucho más accidentado y poético. Pero toda su trayectoria ha sido fundamentada en la geometría desde sus inicios en la Academia de San Carlos y eso le añade un sentido único y personal al uso del color luz y de la forma. Al tratamiento que él hace del espacio pictórico y físico de su obra. Logrando obtener un desarrollo ejemplar como artista y como pintor. Pocos artistas han logrado adentrarse en lo simple como testimonia su obra y desde ese silencio esencial, forjar sinfonías de color luz y armonía monocromáticas de equilibrada hechura que nos muestran y transpiran una fuerza espiritual dinámica e íntegra. Alentadora.

Uno de los ingredientes de esta muestra como conjunto, es la capacidad de síntesis que muestra poseer el artista. Esta tendencia esencialista, absorbe definiciones minimales, sin estar ligado al fundamento de esta filosofía estética cual se forjó en los años 60. Claro, el conocimiento va a la par con el tiempo y Julio Suárez el artista, quien además en la actualidad dirige el departamento de pintura de la Escuela de Artes Plásticas del Instituto de Cultura Puertorriqueña, logra comunicar estas ecuaciones emotivas con mucha claridad y simpleza. Suárez logra transmitir una fuerza lírica tremenda con estas precarias sutilezas, estas caricias del viento por así llamarlas, casi de una manera silente. En el caso de esta “Serie SD”, el lirismo va muy ligado a la simpleza de la forma y de su estructura. A la naturaleza misma de la monocromía y a la redefinición que él logra conjugar con su tratamiento del color luz y los planos en la pintura, de igual manera a como el lirismo ha sido definido y asociado en la opera, en el teatro dramático del renacimiento en Italia y del “bello canto”, con el uso extensivo de la monocromía de una sola nota que se sostiene en el tiempo-espacio acústico.

Por azares de la vida Julio Suárez se ha nutrido de esas áreas ligadas al teatro, al diseño escénico y probablemente, absorbió ese alimento espiritual desde estos campos expresivos y con ello enriqueció su pintura de tal manera supraconciente, logrando cautivar ese enigma del silencio que hace ascender su obra hasta elevarla a regiones sublimes y simples de su expresión humana.

Retomando el esencialismo como axioma subyacente en su obra, entiendo la validez en su propuesta como señalamiento icónico y estético. Como sugerencia ante el tiempo que experimenta esta humanidad globalizada (siempre ha sido así, solo que antes no había conciencia de ello). Percibo la relación directa con este nuevo siglo cual nos ha clamado a presenciar las bases de su origen y lo relaciono con su obra de forma íntegra y en sincronía, casi de una manera taoista, con el acontecer del tiempo mismo. Con la percepción de su dinámica tangible y siempre renovable en su forma, color luz, saturación, equilibrio, silencio. Algo que solo se logra con el acontecer del tiempo. Su pintura esta cargada de madurez y sin atavíos o desdén, nos hace experimentar de una manera directa y simple una dinámica perceptiva en torno al color luz, cual logra adentrarnos en lo poético del color y sus efectos perceptivos.

La estructuración de la imagen, el pintor la pauta en base al desprendimiento mismo, como si desvistiera la auto-proyección, y desprendiéndola del “YO” que la formula, el artista logra aunar mayor poder del espíritu manifiesto en su pintura. Mayor cuantía de su pureza santifica este lugar. Y este eco de pureza, transita libremente logrando saltar de una obra en otra, así como la luz viaja entre puntos siderales activando el espacio mismo y dinamizando lo inerte sin vestigios de violencia. La misma experiencia que forjó en mi la música de Egberto Gismonti, en uno de sus conciertos en vivo cual presencié en el Blue Note del Village, a principios de la década de los años noventa.

Si nos adentramos en las teorías de la luminiscencia, descubrimos que el color es solo la luz cuando atraviesa el prisma. La luz como forma de energía, a través de todos los tiempos cognoscitivos que ha experimentado la humanidad, ha sido considerada símbolo del conocimiento verdadero. Del saber eterno. De la sabiduría divina con que fue creado todo cuanto es. Esta sabiduría divina, es solo un reflejo de una mente suprema que contiene su propia luz y por donde ésta luz se desplaza, toda la oscuridad retrocede.

Entiéndase por ello, la ignorancia, el desconocer, el no saber.

Las seis salas contiguas donde el artista integra su obra, con la sola presencia de éstas, se han transformado en otro espacio vivo y dinámico. Probablemente en el espacio que sus arquitectos visualizaron al concebirlo como santuario del arte. Un lugar donde se dignifica la calidad creativa del espíritu del artista y donde se estimule esta condición innata en el hombre cual proyecta lo divino en él. Lejos de ser política o religión.

Cuando veo la obra de Suárez, entiendo todo eso porque se que estoy ante una obra simple que comunica acerca de las complejidades de la existencia en su propia realidad, pictórica y conceptual, simple y compleja, grande o pequeña. Percibo y valoro su capacidad de síntesis. De simplificar y reducir aún lo más a lo mínimo, a lo esencial. Y esta relación directa con la esencia, es lo que distingue esta serie de obras. Porque desde esa esencia, es donde se logra entender el sentido de un koan zen que nos llama a escuchar solo “el sonido de una mano que aplaude”.

 

 

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